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Tuesday, December 6, 2022

 ciudades modernas

De RAFAEL CADENAS, Premio Cervantes 2022, es la foto que identifica al grupo Amigos de Liceo Lisandro Alvarado, uno de sus exalumnos. Textos del libro Rafael Cadenas Poesía y destino:
Reflexiones sobre la ciudad moderna
Rafael Cadenas
Un grupo de amigos me ha puesto en el trance de tener que decirles unas palabras sobre un tema que no conozco, pero padezco: la ciudad.
Como he tenido que tocar varios aspectos en poco espacio, estas palabras seguramente tendrán, a trechos, un tono abrupto. He omitido también algunas explicaciones, pues confío en que ustedes las aportarán íntimamente. Ciertas repeticiones obedecen al carácter de apuntes que tienen estas páginas. Si queda tiempo abundaré, ya no por escrito, en el tema. Perdonen mi atrevimiento. Comencemos por la base.
El habitante de la ciudad moderna no puede enraizarse. Ella misma lo obliga a estar despegado de la tierra. No compra una casa, sino espacio, espacio mínimo. Un pedazo de cemento y aire. Para tocar suelo tiene que bajar y para tocar tierra, tiene que recorrer kilómetros en carro. No mora a cielo abierto, éste le viene dado en trozos como el prisionero de Reading, ─That Little tent of blue─. Para verlo debe salir, y los edificios se lo tapan. Ha de subir a las azoteas, pero la ciudad se lo tapan con sus emanaciones letíferas.
Al comprar un apartamento debería saber que no adquiere una propiedad en el sentido clásico sino un sitio que le permite estar para desempeñar algún trabajo, generalmente de oficina. “Nadie sabe todavía lo que significa haber vívido una vida entera en el piso 17 o en el 47, y no a ras de tierra.” (1)
Es un hombre de paso.
¿Quién puede echar raíces que no sea aéreas en un apartamento?
Sin embargo, el corazón siempre está presente, aún en condiciones hostiles. Amamos nuestros pobres apartamentos de nuestras pobres ciudades de nuestros pobres países. Nos vinculamos al lugar donde transcurrimos. Si no hablamos con las cajeras de los supermercados tal vez podemos conversar todavía con el dueño del kiosco de periódicos. Siempre queda un pequeño lugar para lo humano, aún en las inhumanas ciudades en que ha desembocado toda una historia
En este habitante se ha consumado la ruptura con la tierra.
Pero nuestras ciudades son como son porque no han sido creados por el hombre para el hombre, sino por una fuerza ciega.
Hace tiempo se le fueron de las manos, y como todo lo que escapa de la conciencia, la amenazan, se ciernen más poderosas que él, lo vuelven impotente como lo era frente a la naturaleza en los primeros tiempos de la historia. Es como si el hombre tuviera que volver a la lucha contra el poder invulnerable de otra naturaleza, o de la antinaturaleza, del medio artificial que él mismo ha creado.
Pero las ciudades pueden ser distintas. No tienen por qué ser este amontonamiento de edificios sin belleza, sin árboles, sin verdor. Podrían ser bosques, estar llenas de parque enormes, tener ríos dentro de ellas y pocos automóviles, evitando así la separación tajante con el contorno natural.
Les aseguro que no estoy entrando en el reino de la quimera.
Esto es posible siempre que haya un cambio de mentalidad.
Sin embargo, con la iglesia hemos topado aquí. Los que han hecho
nuestras ciudades se precian de muy modernos porque las han llenado de edificios, pero son anacrónicos. No se dan cuenta de que el hombre está pidiendo a gritos, sin él mismo saberlo, otra cosa. Otra sociedad, otro tipo de vida, otra ciudad que él pueda amar, que sea literalmente amable, y haga posible así restablecer la antigua relación con el lugar.
Pero es imposible construir esa antigua ─nueva ciudad ─ sin tocar la iglesia que se llama propiedad privada. Quienes hacen la ciudad piensan al respecto como en el siglo XIX. No saben que el mundo ha cambiado ante sus narices. Son ignaros, egoístas, codiciosos.
Habría que legislar pensando en el ser humano.
Es cierto que hoy se expropia en aras del interés público. Léase: el interés del desarrollo despiadado de la monstruosa ciudad moderna. Se expropia para construir una autopista o una calle que facilite el paso del sacrosanto, incontenible, todopoderoso automóvil, nuestra pesadilla, o un edificio menor, pero no para un campo deportivo o un parque infantil o un bosque; es sobre todas esas “superficialidades” que se cierne siempre la amenaza.
Esta propuesta se suele asociar con comunismo o socialismo y no con lo que realmente tiene que ver: con la necesidad de darle al ser humano un lugar donde pueda verdaderamente vivir, que para mí implica una relación con el entorno que sea esencialmente de goce.
Habría que tocar también otra religión, la del automóvil. A esa institución, más que vehículo, que por las proporciones de su producción ha pasado a ser, además de útil medio de transporte, enemigo público. Es el automóvil, lo que torna invisibles las ciudades; su número terminará inutilizándolo y su velocidad lo convierte en peligro constante. Solo personas completamente obnubiladas por el “progreso” que tantos males acarrea ─por eso soy partidario de cierto “atraso” ─ objetarían hoy una drástica regulación en su uso.
El automóvil rebasa su propia función de simple medio de transporte. Ojalá fuera solo eso. Es el principal instrumento de ostentación. Los que tienen un L.T.D., ven con desdén o condescendencia, desde las alturas, a los que poseen una Brasilia, pero con envidia a los felices propietarios de un Rolls Royce con chofer uniformado.
Es incalculable el peso psicológico que tiene que llevar un automóvil, mucho mayor que el peso físico de los pasajeros.
¿De dónde viene el monstruo?
La ciudad moderna es un invento de los norteamericanos, como las autopistas para sus automóviles o el “lunch” para sus empleados y obreros o el “hot dog” para sus muchachos o el supermercado o la bomba atómica para sus enemigos o ¡mil cosas más! ¡Cuántas no han inventado! ¡Creo que la vida moderna es obra de ellos!
Entre todos esos inventos está el béisbol que tanto nos gusta. También han dado a Whitman, a Emerson, a Thoreau, a Miller (Henry), a Pound.
Pero el mundo no ha imitado lo mejor, el mundo, digo, porque la americanización del planeta, temida por Rilke, se lleva a cabo desde hace tiempo.
Los norteamericanos fabricaron el rascacielos, fea palabra, del cual nuestros edificios vienen a ser remedos, tristes, como todos los remedos.
Cuando surgió la ciudad norteamericana, los hombres que expresaban el alma y el espíritu de los Estados Unidos la condenaron, como puede verse en “The Intellectual versus City”, de Morton and Lucía White, compendio de cuanto dijeron Jefferson, Emerson, Melville, Adams, Lloyd Wright, todos hicieron sus disparos contra ella; pero no fueron escuchados; ningún escritor lo es; nadie es escuchado; tampoco nosotros lo seremos; de ahí la inutilidad de estos coloquios. La historia sigue su marcha independientemente de lo que puedan pensar los pensantes. Este es un tema para la reflexión: la arrogante sordera del poder que ha venido acentuándose cada día, una sordera que ninguna voz puede traspasar.
Lloyd Wright fue el más extremado de los críticos, llegó a proponer, lisa y llanamente; la destrucción de la ciudad. (2) Pero caben aquí algunos consuelos. Nuestras ciudades no están hechas para durar. Los edificios se dañan, las calles se rompen, los puentes se caen, son desechables. Mientras se desarrollen hacia arriba dejan tranquilo el campo. Como no han pensado en el hombre, ni en la belleza, ni en la cultura, no importa tanto derribarlas.
Nuestras ciudades necesitan muchos árboles, estar envueltas por ellos, que puedan crear lo que en el lenguaje de los ecólogos se llama microclima o clima dentro del clima. Así, seguramente, el clima extenuante de nuestro país bajaría unos cuantos grados, pero ni esta elementalísima medida la hemos podido tomar. Hubiéramos podido adaptar el modelo hispánico por el cual no abogo, pero escogimos el norteamericano, sin la necesaria adecuación.
El hombre que vive en un apartamento no posee la misma libertad del que tiene una casa. Está restringido, no solo espacialmente, sino en sus iniciativas. Si es un individuo, o quiere serlo, la presión de los vecinos se le hace a veces insufrible. En muchas ocasiones los condominios sirven de refugio a apetencias de poder, (que puede padecerlas cualquier persona) convirtiéndose entonces en pequeñas dictaduras. Lo “malo” se proyecta en los vecinos, dada la proximidad característica de la ciudad, en que no cabe el conocimiento mutuo. Los propietarios de apartamentos pueden vivir años juntos, sin convivir, sin hablar, en guardia, en ambiente de mutua desconfianza. Todos sabemos que la vida comunal ha desaparecido. Fue destruida por la superpoblación, la masificación, la velocidad y tantos otros azotes.
Hay quienes piensan que es posible rescatar algo de esa vida en los pedazos de la ciudad fragmentada ─zonas, urbanizaciones, barrios ─.Tal vez, siempre que cada pedazo tenga un centro; y aquí comienza la dificultad, pues, pienso en un espacio no solo físico sino también cultural, y ambos encuentran escollos. El espacio físico es muy caro, aunque menos que el precio que pagamos al escatimarlo, y la cultura, como es tenida como adorno y no por cimiento del hombre, no recibe la suficiente atención por parte de la sociedad.
También ponen algunos su esperanza en las asociaciones de vecinos. Quizá haya aquí una posibilidad, pero no sin que antes exista en ellas conciencia del problema del poder, que por ser tan inconsciente trastorna tantas buenas iniciativas.
Sin embargo, los pueblos que siguen siendo hispánicos, tienen un centro ─iglesia, plaza, mercado, etc.─ pero están también anímicamente acechados o muertos. Quieren imitar las capitales de distrito, que emitan a las de Estado, que imitan a la capital de la República, que imita a las ciudades norteamericanas.
Es que ya no hay centro.
Quizá el hombre moderno tenga que comenzar por reconocer su soledad y partir de allí. ¿Hacia dónde? A tratar de ser individuo, no individualista. Esta sería la única respuesta a la entronización de hombre medio, del hombre adocenado, del hombre masa que todo lo domina. Más adelante volveré sobre esto.
Solo siendo individuo se puede llegar a la comunidad, así como solo a través del espíritu es posible acceder a la democracia profunda, que no conocemos, cimentada en una verdadera tolerancia.
“Ningún hombre conoce al otro / cada uno está sólo,”(3)
Así dice el poema “En la niebla” de Hesse.
Solo, pero acompañado por la vida (lo sagrado), que no es poca compañía.
Pues la sociedad está en manos de ese hombre masa, ese hombre medio, nivelado, sin relieve personal que “amenaza con determinar cada día más e imponer como opinión pública el estilo de la vida, las metas políticas, la orientación del pensamiento y la jerarquía de los valores”.
El desierto avanza, decía Nietzsche. ¿No será la ciudad ese desierto que se extiende sobre porciones cada vez más grandes de tierra?
Escribí esta pregunta sin recordar lo que luego encontré citado por H. Lefebre en La revolución Urbana y que es aplicable a nuestras vivencias: “¿qué significa esas cosas? ¿Es verdad, ningún alma grande las ha colocado ahí, como símbolo de sí misma?
¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlas en su caja?
Y esas habitaciones y cuartos: ¿Pueden salir y entrar ahí razones? (4)
Hablo ante ustedes como ser humano que habita ─no debo escribir, vive─, en una de las ciudades más deshumanas. Una ciudad hecha para que el hombre pase por ella sin detenerse, de su apartamento, no casa, a su trabajo y de su trabajo a su apartamento, en noria sin fin.
Una ciudad destrozada por las autopistas que nos dicen cual ha sido la prioridad. Los que escriben sobre el tema, sitúan el comienzo de la destrucción a partir del momento en que se construyó la Avenida Bolívar. (¿Por qué se llama avenida? ¿Solo por antífrasis? ¿A qué demente se le ocurrió llamarla así?) Que una vez hecha iba a engendrar otras. Una ciudad en la que solo se ha pensado en el automóvil, tan destructivo. Una ciudad en la que no se puede caminar; solo andar en carro. Una ciudad fabricada por hombres en quienes seguramente no existe idea de goce, pero sí de medro, ni de lo que significa la palabra ciudad, ni de lo que es cultura; técnicos ignaros que construyen para habitantes que no les van a la zaga en esto de carecer de raíces culturales, regidos por el interés, sin noción de polis, de comunidad, de historia ─y no se me diga que exagero─, pues nada arguye más en mi favor que la existencia misma de esta ciudad.
Pero lo grave es que toda ciudad es una manifestación de los que son quienes la habitan, y si nuestro retrato es ella, ¡cuánto debe andar mal en nosotros! Me alivia pensar, sin embargo, (y permítanme esta reiteración), que las ciudades hoy parecen más hacerse solas que obedecer a dictados interiores, y este tal vez sea el cargo más grave que pueda formulárseles: escapan a la conciencia, no ya individual sino también a la colectiva. Siguen su curso, casi ajenas al ámbito humano, desarrollándose sin crecer anímicamente, en un estado de anarquía, de orden aparente, hipócrita, como si siguieran leyes que hace tiempo escaparon a la jurisdicción del hombre. Ellas representan al monstruo que se libera de su dueño.
Pero alguien las ha construido y las habitamos. Debe haber malhechores, cómplices y víctimas. Malhechores y cómplices poderosísimos, y víctimas maniatadas.
Por eso considero inútil todo lo que se diga sobre el tema, artículo, coloquio, libro. Estamos en manos de poderes que parecen anónimos, sin faz, que ni se dignan oírnos, a nosotros, ciudadanos corrientes que andamos a pie, o en carros por puesto o en autobuses, y no tenemos ni deseamos privilegios. Reuniones como esta se llevan a cabo a sabiendas de que nadie será escuchado, y ese es el valor que poseen: el de ser, como la literatura o la filosofía, inútiles en un mundo alucinado solo por lo utilitario, un mundo en el que ocurre desde hace años un “eclipse del alma”, un mundo que ha olvidado la vida, ese tremendo misterio, por baratijas.
Pero sería un error quedarnos en lamentaciones. El mundo es mucho más vasto.
No podemos hablar de la ciudad sin referirnos al hombre moderno que la ha creado, y al adentrarnos en su ser no deberíamos sorprendernos de que ellas sean lo que son. Lo que hacemos es un trasunto de lo que somos, y el hombre moderno hace tiempo ─digámoslo en palabras de Ortega─ “no sabe hacia qué estrellas vivir”; y si no sabe esto, tampoco puede construir una ciudad, en el sentido que para mí tiene esta palabra, que no es el hacinamiento de edificios sino lugar para vivir.
De manera que el tema nos lleva siempre más allá, pues hablar de la ciudad nos referimos al hombre y al mundo moderno. Pues bien, este hombre ya no tiene mundo: el mundo se ha convertido en terreno de explotación donde ejercer su “voluntad de poder”, que para Heidegger es la culminación de la metafísica occidental; y estoy seguro de que esto sorprenderá a muchos, que la metafísica occidental haya engendrado la práctica explotadora más despiadada, la más desaforada depredación.
Hace tiempo rompió el vínculo con la naturaleza, lo que le dejó el camino libre para destruirla, sin darse cuenta de que siendo él naturaleza se destruía también a sí mismo.
Cortó igualmente su nexo con la historia. Carece de raíces, no conoce su pasado, no puede vincular su hacer con el de los hombres que lo precedieron. Se encuentra, como dije, suspendido, sin cielo y sin tierra, y esta expresión refleja casi literalmente su habitar en pisos con ventanas que recortan su visión.
La relación con su prójimo carece de hondura, pues la ciudad obliga a un trato efímero, es enemiga de la lentitud sin la cual nada se asienta. Fomenta la velocidad, el ganar tiempo, todavía no sé con qué fin, pues solo significa no detenerse, pasar de largo, andar a prisa, de manera que no hay gustación de las cosas; el deleite mengua o desaparece; solo interesa la meta, lo cual desvaloriza los medios, cuando los medios podrían ser también fines. Ir a un lugar puede ser tan placentero como llegar a él, no hacer, tan importante como hacer; perder tan importante como ganar. Ya ni conversa pues no tiene tiempo, ni lengua ni asunto.
Tampoco el místico existe para él. Ha puesto su vida a la carta de la razón calculadora, y esta mala jugada lo ha cegado para lo mayor. Transcurre sin sentir que esta misma razón es un simple resultado de algo mucho más grande, ignorando que eso innombrable que lo hace a él también lo sobrepasa, que el mismo es misterio. ¡Si pudiera descubrir este hecho y vivir con él!
¿Qué clase de ciudad puede hacer este hombre?
Una que ya no lo es, en el sentido clásico.
Un lugar donde la belleza sobra, un lugar para trabajar, para hacer negocios, para comprar.
Philipp Lersch señala como rasgos actuales del mundo “la falta de una concepción filosófica del cosmos, no puede hacerla ya, el descrecimiento de las fuerzas religiosas, la despoetización del mundo, la absorción del individuo en la masa, la tecnificación de todos los órdenes de vida, la especialización en toda clase de actividades humanas, el apresuramiento y la superficialidad con que el hombre de hoy se ve forzado a conducirse en todo momento sin encontrar su centro.” (5) Todos estos males serían efecto del racionalismo calculador, instrumento para someter al mundo. El hombre racionalista recibe al mundo a través de conceptos y este hecho va a marcar su vida, el pensamiento racional-conceptual es un medio de dominio. Con él nos enseñoreamos del mundo, pero el concepto no tiene rostro. Los conceptos “son modos de aprehender y dominar el mundo” pero “la imagen es algo que topamos en el mundo y que nos aprehende y gana”. (6) Los logros de la racionalización “los pagamos a un precio enormemente caro: el de quedar ciegos para ver las imágenes de que está cargado el mundo y al precio también de quedar pobres del contenido y significación profunda de la vida.” (7) “La simple percepción está orientada ya a la abstracción; el amor a lo concreto, a la naturaleza, a la realidad con su sentido único e irrepetible, desaparece” (😎 Este es el fenómeno que Max Weber llama desencantamiento, y Jasper, desdivinización del mundo.
“El mundo racionalizado, leído en conceptos y fórmulas conceptuales, es un mundo sin misterios ni arcanos; en un mundo así todo tiene que ser comprensible, esto es, disponible y dominable; cuanto se resiste a la comprensión, queda descartado sin más, sin volverse uno a preocupar de ello”. (9)
Las cosas ─continúa Lersch y yo resumo─ quedan “desposeídas de su encanto profundo, de su destino divino” y cada hombre no es visto como “portador único e incanjeable de la dignidad humana” sino como medio de aprovechamiento. ¿No se habla hoy, brutalmente, de “capital humano”? Esta es una vergüenza que nos delata. El hombre como medio es nuestra perdición. Lersch opone a la postura racionalizadora que se centra en dominarlo todo, el temple de la reverencia.
Se hace perentoria la interiorización de la cual habla Lersch, que es un volver al corazón, que siente el valor de las cosas independientemente de su utilidad, solo por ser. Algo semejante a lo que Mondriani llamaba, a propósito de Rilke, gnosis cordial, un saber de corazón. O si ustedes quieren, conciencia religiosa, sin más, al margen de cualquier religión. Pero la ciudad está en nosotros. La condenamos, y seguimos aquí. Porque somos hombres de ciudad, lo que debería movernos a valorarla en toda su magnitud. O darle el lugar que le corresponde entre las urgencias humanas.
Suelo fantasear con un cambio. Oigan mi desvarío. Un día ocurre un milagro. Los constructores, los ingenieros, los arquitectos, una mañana amanecen cuerdos y deciden construir pensando en el hombre. Entonces ─este es mi cuento─ dan en levantar edificios de tres y cinco pisos, amplios, con enormes jardines, con campos de juego para los niños, envueltos por grandes árboles, frente a calles anchas, que miran hacia un parque rodeado por la biblioteca, visitada, con sus cómodos asientos, por el teatro, por el centro deportivo, por la escuela. Casi no hay carros y los que hay no envenenan el aire, están sometidos a una vigilancia que no permite mayores velocidades. Hay grandes aceras. La vida bulle. Se conversa, se discute, se ama. El lenguaje vuelve a brillar.
No me digan poeta ni místico, si esto, lo normal, suena a quimera, a locura, a utopía, estamos perdidos, y merecemos las ciudades que tenemos.
NOTAS
1 Alexander Mitscherlich. La inhospitalidad de nuestras ciudades. Alianza Editorial. 1969. P.51.
2 Morton and Lucía White, published by The New American Library.
3 Herman Hesse. Antología poética. Ediciones Librerías Fausto. Buenos Aires, 1974. p. 60.
4 Henri Lefrebe. La revolución urbana. Alianza Editorial Madrid. 1972. p. 90.
5 Philipp Lersch. El hombre en la actualidad. Editorial Gredos, Madrid. 1978. p. 16, 17.

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