
RASPUTIN
Y LOS ZARES..,Dentro del vasto territorio de este acontecimiento, la
parte que trata de la crisis y caída de los Romanov sí cuenta con un
apartado nutrido. Recordemos que en su momento, la abdicación del Zar
suscitó muy pocas lágrimas. Ulteriormente, la imagen monárquica rusa más
manifiesta en el cine como en muchas otras partes fue la de la derrota y
el exilio de la aristocracia y de altos mandos militares, algunos
obligados a doblar la cerviz en oficios que estimaban como “indignos”.
Era el “retrato” que, por ejemplo, tenían en mente Franco y señora en
Dragon Rapide (1986) en los prolegómenos de su compromiso con el golpe
militar-fascista del 36, de ahí que exigen al conspirador y potentado
Juan March que les garantice una fortuna en Suiza en caso de fracaso. De
hecho el exilio quedó como parte del paisaje de una derrota devastadora
que causó el “pánico social” consiguiente. En esta zona el cine ha
mostrado cierta predilección por dos historias complementarias por el
monje siberiano Rasputín (1869-1916) y por la princesa Gran Duquesa
Anastasia Nikoláyevna Románova (1901-1918) presunta superviviente de una
familia real que se creía por encima de la historia. Se cuenta que el
primero se formó en una secta cristiana que combinaba el masoquismo con
las alegrías sexuales, amén de un curandero cuyo prestigio le llevó a la
Corte donde se convirtió en el favorito de la zarina después de sus
ayudas para curar al zarevich, afectado de hemofilia.
Todo
él, pero sobre todo sus hazañas sexuales (su enorme pene está expuesto
en un museo), así como el curso de una trayectoria que concluye con su
asesinato, crearon una leyenda sobre la que se ha creado una filmografía
singular en la que destaca Rasputin and the Empress
(1932, USA), obra del ruso blanco exiliado Richard Boleslawski
(Boleslaw Srednicki). Su mayor originalidad radicó en la presencia del
trío formado John, Ethel y Lionel Barrymore, así como la suma de
problemas judiciales que tuvo que enfrentarse la MGM ya que buena parte
de los protagonistas seguían vivos.
El listado es abrumador: Rasputín (Adolf Trotz,1932) pensada para el lucimiento del gran Conrad Veidt; La tragédie impériale
(Marcel L’Herbier, 1937, Francia) en la que el destacado actor judío
Harry Baur (luego víctima de los nazis, acaparó la atención del público
con su creación; el de Pierre Brasseur, en Raspoutine (Georges Combret, Francia, 1958); de Edmund Purdom en Les nuits de Raspoutine (Pierre Chenal, 1960 Francia-Italia); el más perturbador fue el de Christopher Lee (Rasputin: The Mad Monk,
Don Sharp, 1966, RU) que tiene un “toque” de la Hammer; amén de
Rasputín, su verdadera historia es una miniserie HBO (USA, 1996) a pesar
de la presencia de actores como Alan Rickman, Greta Scacchi, Ian
McKellen; finalmente está la costosa miniserie franco-rusa: Raspoutine
(Josée Dayan, 2011) un proyecto casi inevitable desde que Gérard
Depardieu se instaló en Rusia huyendo de la Hacienda francesa, para lo
que contó con Fanny Ardant en el papel de la zarina Alejandra, y sigue…
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