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La habitación no tenía más de seis pasos
de largo y ofrecía el aspecto más miserable,
con su papel amarillo y polvoriento,
despegado a trozos, y tan baja de techo,
que un hombre que rebasara sólo en unos centímetros la estatura media no habría estado
allí a sus anchas, pues le habría cohibido el
temor de dar con la cabeza en el techo.
Los muebles estaban en armonía con el local. Consistían en tres sillas viejas,
más o menos cojas; una mesa pintada,
que estaba en un rincón y sobre la cual se veían, como tirados, algunos cuadernos y libros tan
cubiertos de polvo que bastaba verlos para deducir que no los habían tocado hacía mucho
tiempo, y, en fin, un largo y extraño diván que
ocupaba casi toda la longitud y la mitad de la
anchura de la pieza y que estaba tapizado de
una indiana hecha jirones. Éste era el lecho de
Raskolnikof, que solía acostarse completamente
vestido y sin más mantas que su vieja capa de
estudiante. Como almohada utilizaba un pequeño
cojín, bajo el cual colocaba, para hacerlo un poco más alto, toda su ropa blanca, tanto la limpia como la sucia. Ante el diván había una mesita.
No era difícil imaginar una pobreza mayor
y un mayor abandono; pero Raskolnikof,
dado su estado de espíritu, se sentía feliz
en aquel antro. Se había aislado de todo el
mundo y vivía como una tortuga en su concha.
La simple presencia de la sirvienta de la casa,
que de vez en cuando echaba a su habitación
una ojeada, le ponía fuera de sí. Así suele ocurrir
a los enfermos mentales dominados por ideas fijas.
Crimen y castigo
Fiódor Dostoyevski
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