Thursday, March 28, 2019

LA FIESTA DE QUINCE DE UNA URUGUAYA

      
     LA FIESTA DE QUINCE DE UNA URUGUAYA.

   Habían pasado varios días de preparativos. Toda la familia estaba nerviosa. El esposo de mi amiga, la internacional ballerina de Tango, iba a ser el padrino de la chica.

  Llegó el día. Habían alquilado un salón de fiestas. Todos nerviosos, sobre todo los hombres jóvenes: padre y tío de la quinceañera. El tío fue a cortarse el cabello a lo “degradé” en un “Coifer” cercano.  Pero el acontecimiento le hacía poner triste y una lágrima, de vez en cuando, derramaba por sus ojos.

    El hermano, padre de la festejada, estaba más nervioso que nadie.  Habia un solo baño en la casa y junto a los abuelos, los tíos y la festejada y su hermana había que hacer cola ante el baño. La fiesta era a las 9:00 de la noche.

   El esposo de mi amiga continuaba nervioso y lloriqueando pues era su sobrina preferida la quinceañera y la sentía como una hija. Además, la chica no era como las otras adolescentes, no se ponía chores cortos ni pantalones ceñidos ni permitía a sus admiradores varones acercarse. Se consideraba una niña aun, así la habían  criado.

   Por fin el marido de mi amiga tomó un baño riguroso. Ambos hermanos discutían los perfumes adecuados para la ocasión. El padre de la chica creía que el cumple era para él. Se perfumaba con colonias, cremas para el  pelo, etc.

   Pero faltaba algo muy importante. El traje del padrino, esposo de la bailarina, que se había mandado a confeccionar con un sastre muy famoso y que tenía que recoger minutos antes de la fiesta.
   Ya a punto de comenzar el festejo, el salón lleno de invitados, el marido de mi amiga se prueba el traje de gala. Y he aquí su sorpresa que se habían equivocado en la sastrería. El traje era para un hombre obeso, el doble de sus proporciones anatómicas. Llamó al sastre pero ya la tienda había cerrado. El joven al fin lloró pero esta vez de frustración.

   La chica en traje rosado de quinceañera estaba bellísima: rubia, ojos verdes y muchas curvas.  El padrino se resignó y se colocó aquel traje holgado que se le caía  constantemente y que tuvo que amarrar con una cuerda a la cintura.

   Cuando salió a la pista acompañando a su sobrina en ese  glorioso día los invitados pensaron que era una fiesta de disfraces. El joven lleno de vergüenza pero bailó el vals arrastrando los bajos de los pantalones. Y llorando de emoción.

   Los invitados lo tomaron como una broma para no opacar la belleza de la chica. Y así fueron fotografiados. Las fotos donde estaba él fueron junto a la cabeza a la quinceañera.

   Después todo el mundo tomó champán y comieron de la torta, El padrino con su buen humor lo tomó todo como una broma. Lo cierto es que después todos recordaban al peculiar traje del padrino.

   Por supuesto, el lunes fue a la tienda del Sastre y este le dijo:  
   -Peor resultó el  hombre gordo cuando quiso vestirse con aquel traje chico. Se pasó la noche llamándome pero yo no podía atenderlo. Les devolveré su dinero a ambos. Fue mi esposa que ya está casi ciega y no distingue a un obeso de un flaco.
 

   El sastre tuvo que devolver el dinero al esposo de mi amiga la bailarina. Y todo quedó en una simple anécdota cómica para recordar siempre.   

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