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Thursday, May 16, 2019

DAMA CON SOMBRERO EN UN VERNISAGGE PUNTA DEL ESTE


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   DAMA CON SOMBRERO EN UN VERNISAGGE EN PUNTA DEL ESTE.



   Recibí una invitación de una amiga pintora para ver sus nuevos cuadros en un local del centro de Punta del  Este. Muchos invitados bien vestidos desfilaban frente  a los oleos en silencio.

  No me gusta el arte abstracto, ni las performance, ni el body paiting ni esas figuras esqueléticas de cuellos largos tipo Modigliani que serían mejor actrices de un video XXX tipo Deep Throat.   Tampoco esas mujeres Picassianas que tienen ojos en el cuello, manos como tijeras y los pelos del pubis al costado de los labios.

  La pintora amiga-tenía que tener muchos recursos monetarios pues aquí el arte es caro y montar exposiciones en galerías            amplias y elegantes cuesta una fortuna.

  Me dediqué a observar los cuadros. Al fin, pintura de mujeres regordetas, como nos gustan a los cubanos-no flacas ni esqueléticas-sino con carne por todos los costados que exacerbaban la libido de los morenos del Caribe. Me recordaban las damas desnudas de los pintores flamencos como Rubens y otros. Esos sí captaban la opulencia de la belleza femenina con toda la voluptuosidad.

  La artista estaba de pie cerca de sus obras, radiante gordita como las mujeres que pintaba y que eran todas como una copia idealizada de sí misma, aunque mejoradas. La saludé amablemente y ensalcé su obra. Ella me dijo que pasara a otra pieza donde se servían canapés y bebidas finas.

  Ya aburrido me acerqué a la mesa y tomé una copa con un Vermut y entonces la vi. La Dama de mis sueños. De espalda, con un poncho de colores originales  típico de los indios Mapuches que le llegaba casi hasta las rodillas, de donde asomaba un pantalón rojo y unos bellos zapatos charol de alto y fino, tacón de del mismo color.

  Pero lo que más me llamó la atención de la dama era un exquisito sombrero de grandes, grandes, alas anchas, con una cinta roja en la cúpula, de donde se desgranaba un copioso cabello teñido de un rubio maíz liso como agua quieta de un manantial.

  Le hice frente a la Dama. Cuál fue mi sorpresa. Tenía como 120 años pero parecía de 105, ya saben, maquillaje, máscaras para el cuidado del cutis, etc. Hay mujeres que no envejecen nunca. Cual momias se conservan bellas y atractivas y aun son capaces de animar la psiquis de un hombre más  joven.

  Yo rompí el hielo:

  -¿Nos conocemos anteriormente?

  Ella me observó de arriba abajo con mirada escrutadora que solo tienen las mujeres que han vivido una larga trayectoria entre la riqueza y amantes infieles.

  -No. Señor. No he tenido el gusto.
  -¿Quiere un vaso de whisky o Vermut, se lo alcanzo con sumo placer? Es usted una Dama encantadora-dije yo zalamero y diciéndome para mis adentros que sería una de mis futuras amantes, tanto dinero proyectaba y eso que NO soy ambicioso.

 -Muchas Gracias. Ya yo tengo mi bebida favorita: un Fermet, que aparte de ser un buen vino es bueno para el estómago.

¡Ulcera duodenal o Gastritis crónica!-murmuré para mí mismo. No podía dejar de ser médico ni en las circunstancias más desfavorables.

  La dama con sombrero-capelina-como solo se ven en las fotos de la familia Real Inglesa se alejó de mí y tomó asiento en un banco. Yo la imité igualmente. A esta dama no la dejaba escapar yo tan fácilmente. Me senté a su lado. Ella me miró con los ojos perdidos en la nada y me preguntó:

  -¿Vos a qué se dedica?
  -Soy médico y ejerzo en Punta del ESTE.
  -Pues yo soy una viuda solitaria. Casada en primeras nupcias hasta que mi esposo falleció.

  -Ahh. ¡Cuánto lo siento!
  -No sienta nada. Era un maldito desgraciado, avaro, infiel y avaricioso. Menos mal que me dejó una pequeña fortuna. Ahora me dedico a viajar por el mundo y asistir a los vermisagges locales, como este para beber un Fermet.

   La dama con el sombrero de alas anchas y cinta roja se apegó tanto a mí que ya yo no sabía si la capelina era de ella o mía. Estábamos en una situación casi ridícula. Parecíamos una pareja de viejos enamorados cazadores de reuniones de este tipo para engullir canapés y tomar alguna bebida que nos hiciera olvidar el pasado o nuestra vejez. Pero a la dama  se le subió el Fernet a la cabeza hasta aterrizar en mis piernas. Yo me quede con el amplio sombrero en las manos mientras ella entró en un sueño profundo.
   Ni tan siquiera supe su nombre ni me preguntó el mío.    
  Y así quedamos los dos como dos amantes sin rumbo a quienes la bebida los había obligado a soñar en un maldito sueño eterno.

                          ORLANDO VICENTE ALVAREZ
 
   
            
 
   

            

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