Wednesday, September 5, 2018

PEPE EL PERICO O COTORRA EN GUANTANAMO

        CUENTOS DE AVES: PEPE EL PERICO


   - ¡Come Pepe, come, anda, mete el maíz en el buche!
  Gritaba mi abuela Luisa a un bicho desplumado, con una cabeza desproporcionada, un cuello largo y patas abiertas como si tuviera poliomielitis.
   Era un pichón de perico que mi hermano había encontrado en su nido a la orilla del rio Guaso.
   Abuela le embutía con sus propios labios maíz molido y sorbos de agua que el ave sorbía o picoteaba lentamente.
   Así se  crían las cotorras o periquitos cuando están en su etapa de pichones. Feos y con  solo una fina piel blanca cubierta de poco plumón, parecia una criatura de otro planeta.
   Luego abuela lo encerraba en una jaula de alambres cerca de las brasas de la cocina y lo envolvía en un paño para que pensara era su madre que lo  acurrucaba.
   No sé por qué todos los pericos o cotorritas les llaman Pepe, es que son descendiente del mismo género- pensaba yo.
  El periquito fue creciendo gracias al maíz molido que le proporcionaba abuela y más tarde pedacitos de frutas que desbarataba en su pico con sus propias manos.
  Los domingos íbamos a ver a Abuela y a bañarnos en el rio Guaso.
   -Abuela, ¿Cómo está Pepe?-le gritábamos mientras nos poníamos los Chores para bañarnos.
   - Mírenlo ahí mismo, creciendo y ya le están saliendo las plumas.
    Pepe estaba emplumando con lindos  colores  verdes y azules y se nos quedaba mirando fijamente.
   -¡Abuela! ¡Abuela!- repetía el perico ya en sus primeras palabras en español. Yo pensaba que hablaría en otro idioma algún día.
   -¡Luisa! ¡Pan! ¡Pan!
  Y mi pobre abuela corría a darle un pedazo de pan porque si no ronroneaba y ronroneaba el nombre de Abuela hasta que no recibiera su ración.
 Todo marchaba bien hasta  que mi primo Cucho bajó de las montañas y pernoctó por unos días en casa de abuela. Se llevaba a Pepe al patio trasero y allí parece que le enseño un lenguaje nuevo a fuerza de sobornarlo con pedazos de galletas.
  A partir de entonces cuando abuela recibía visitas Pepe se quedaba quieto un instante hasta identificar el sexo del visitante:
   -¡Puta! ¡Puta! Dame gallleeeeta.
  Y si era un hombre graznaba:
   -¡Maricón! ¡Maricón!
  Avergonzando a abuela Luisa rápidamente. Esta decidio desprenderse del ave que ya era  casi adulta y la liberó entre los árboles que circundaban el Rio Guaso.
    Pero por las mañanas un sonido  de garras en la ventana anunciaba la presencia de Pepe el perico:
    -¡Luisa, puta, pan pa la cotorrita! ¡Pan para la cotorrita!
    Y así obtenía lo que buscaba. Mi abuela paciente decía que se le pasaría hasta que le llegara la época de celo.

   Y así mismo ocurrió. Un día Pepe no fue más. Quizás emigró a zonas más amigables o encontró su media naranja. No supimos si era macho o hembra. 

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