Thursday, August 23, 2018

CUENTOS DE AVES: GALLINA CUCA

CUENTO DE AVES: NUESTRA GALLINA CUCA Estando en Cuba en pleno periodo especial de hambre generalizada-menos los dirigentes del PCC- mi esposa se las agenció para comprar en el mercado negro una gallina. Pensaba que nos iba a proporcionar huevos y por su porte se veía como buena ponedora. Era pechugona, de amplio plumaje a los costados, hasta tenía buenas patas. Por eso yo decidí llamarle Cuca como el nombre de mi suegra. Al principio mi esposa se enojó pero a mis hijos pequeños les gustó el nombre y Cuca se quedó. Se acostumbró tanto al nombre que la llamábamos así y corría tras nosotros diciendo: “cocó, cocó”. Mi esposa cada noche la encerraba en un cajón agujereado en la cocina pues los ladrones eran el terror del barrio y acababan con todo cerdo, aves de corral y hasta con los perros grandes. Los gatos también iban desapareciendo, tal vez en el estómago de algunos. En la mañana Cuca nos despertaba con un Co- Co- que era como los relojes antiguos. Mi esposa se levantaba y subía a la terraza donde la ataba con una pequeña cuerda y le colocaba un cuenco de comida que todos le ahorrábamos a Cuca. Los chicos la trataban como si fuera una mascota. Cuca ponía un huevo diario que en aquella época era un respiro para los chicos. Y cacareaba por su hazaña para que todos nosotros y nuestros vecinos supieran que había un huevo más en la casa. Cuca engordó y cada vez más se parecía a mi suegra. Al fin llegó la época de que la merodeara un gallo. Un vecino colaborador tenía un viejo gallinero bien escondido en su patio y además trabajaba en una granja gubernamental de pollos por lo que tenía acceso al alimento que también escaseaba y tenían que vender los polluelos recién nacidos en la carnicería a muy bajo precio para que la gente los comprara y los criara con su propio alimento. Mi hermano compro 10 de estos pollitos y solo crecieron hasta ser adultos Dos. Pues nuestra amada Cuca estaba contenta y feliz con un macho que la quería entre todas las demás y la hacía poner un huevo fertilizado al día. Llegó el momento en que Cuca empollara los huevos. Le hicimos un nido bajo la escalera de la azotea y trajimos los huevos y a Cuca que ya se le había pasado el amor al gayo- digo yo. Co-Co-Co nos avisaba Cuca todas las mañanas pero no se despegaba de la improvisada incubadora natural. Co-Co- Co- la llamábamos nosotros y ella respondía: Co-Co, como para decirnos que todo estaba bien. Y llegó el día en que los pollitos rompieron el cascaron y afloraron al verde patio con curiosidad de nuevos habitantes, pero si nos acercábamos se introducían en el copioso pelaje de su madre que cloqueaba como una buena gallina que era. Los dejamos vivir. Algunos murieron de hambre o quién sabe de qué. Yo les expliqué a los niños que la vida era así. Y que Cuca todavía estaría embarazada de nuevo y traería al mundo muchos, muchos nuevos pollitos. El recuerdo de la gallina Cuca me retrotrae al semblante de mi querida suegra CUCA quien nunca se enteró que nuestra mascota se llamaba igual a ella.

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